Después, hay demasiado silencio, un espacio inmenso lleno de ausencia, instante alargado en espera de un ruido, sonido, palabra, oración, pero no, no llega, no se escuchan, ya no está la fuente que las hacia fluir, se pierde el eco sin retumbar. El vacío te envuelve, abrumadoramente agotando tu energía, intentando hacerte, convertirte; te sientes inmersa en la sensación producida por la magnificación de la nada, de la ausencia, cobrando fuerza, se nutre de ti, haciendo hincapié en tu ensimismamiento y te dejas llevar hipnotizada; cuando menos conciencia demuestras más ausente eres, de todo ese drama.
El abismo va creciendo, de apoco se pierde su sentido, transformándose en horizonte inalcanzable una efímera lontananza brumosa e incierta.
Como todo ciclo existencial, llega a su final, trascendiendo los umbrales, más allá de la conciencia humana, son los límites de las dimensiones, y no conocemos ese otro mundo que nos separa del de acá, trascender es ir más allá en todos los sentidos, hasta que se pierde la identidad y esencialidad; nos despedimos del tiempo, del ahora y de la esperanza del mañana. Pero tenemos la certeza que en algún momento llegaremos a allí... sin saber, con temores, con incertidumbres, con más dudas que aciertos, esperamos que ese cruce sea mejor, que acá, deseamos un reencuentro, un momento de reconocimiento, un instante de luz eterna, una incorpórea realidad que nos permita saber...
Antonio José Malaver Hernández
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